CARLOS NORIEGA: “Un actor que haya sido militar es poco frecuente”

Actor y entrenador catalán de 35 años, Carlos trabaja como coach en interpretación frente a la cámara. Una adolescencia rebelde le llevó a alistarse en la marina animado por su padre, por lo que se licenció en mecánica naval en las fuerzas armadas. Ahora, ha conseguido su sueño: vivir trabajando como actor. 

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Carlos ¿cómo te diste cuenta de que querías ser actor? 

Lo mío es vocacional. Me di cuenta desde bien pequeño, siempre me encantó el protagonismo y por lo que me cuentan mis padres y las fotos que lo delatan, con tres años le cogía una camiseta roja a mi padre, carmín labial a mi madre y me disfrazaba del payaso ‘Charly Rivel’.

A los 10 años le pedí a mi padre que me apuntase a una agencia de publicidad (Salvadormodels), ansiaba verme en televisión, quería ser una estrella. Y  con 11 años y después de un año recorriendo castings junto a mi padre, me llegó la primera oportunidad de ser el protagonista de un anuncio de helados. Lo recuerdo como un día mágico, tan emocionante, aún puedo sentir los escalofríos recorriendo mi cuerpo, aquellos increíbles nervios, aquel set…

¿Hiciste casting durante toda tu adolescencia? 

Hasta los 16 años más o menos. Me dediqué a hacer mucha publicidad y algunas obras de teatro amateurs también. Luego se torció bastante la cosa, porque ya no era el niño ‘bonito’ de anuncio, tampoco era adulto aún y por aquella época y en mis años ‘de tierra de nadie’ entré en una rebeldía bastante insostenible. Ya no me querían tanto en publicidad por el perfil, ya no me llamaban apenas…

Quería estudiar teatro pero era demasiado joven para entrar en las escuelas de interpretación. Mi padre me dejó claro que o trabajaba o estudiaba, y yo le dije que solo quería estudiar teatro. Entonces, cuando cumplí los 18 años, mi padre que no podía con tremendo personaje en el que me estaba convirtiendo, optó por reconducirme y me envió a Galicia y me alistó en la marina. No fue obligado, ya era mayor de edad pero no sabía donde tenía la cabeza, y aunque me costó mucho decidirme al final dije “¿por qué no?“. Estudié mecánica naval, luego navegué en una fragata durante tres años, me casé y tuve una hija. Corrí demasiado en algunos sentidos pero eso me hizo ser quien soy ahora.

¿Te encontraste con más actores en la marina? 

No. Cada uno veníamos de sitios muy distintos, muchos andaluces, algún gallego, algún vasco… yo era el ‘catalán’, porque era el único de mi promoción. A veces se reían un poco, y me decían ‘el artista’, pero no se comentaba mucho. Un actor que haya sido militar es poco frecuente. 

¿Te ayudó esta experiencia a nivel interpretativo?

Claro. Todo suma. A mi la marina me hizo un hombre, y cogí unos valores importantes como el compañerismo. Nuestra carrera actoral no deja de ser un saco de experiencias que después puedes sacar y recoger cosas de tu propia vida. A mi la actitud militar y la formación militar acompaña a mi físico y con el perfil que quiero dar de profesiones jerárquicas, de cualquier profesional que requiere de este comportamiento y actitud.

Yo tengo 35 años, pero tengo una hija de 14, me he casado, me he separado, he sido militar, he estado ocho años a mil kilómetros de mi familia buscándome la vida… hay gente de mi edad que está saliendo ahora de sus casas. Observando mi entorno me siento muy afortunado porque veo a esos chavales de mi adolescencia que eran los ‘chulos’ y los ‘guays’ para mi, y eran a los que mi padre consideraba malas compañías y, aunque odio comparar, algunos hoy en día están medio muertos, presos, en trabajos infelices o peor… Yo no quiero hacerme millonario, ni tener fama, lo que quiero es dedicarme realmente a lo que me llena. Eso es la felicidad plena. 

Y después, ¿cómo volviste al mundo de la interpretación?

Me licencié y siete años después, con 25 años aproximadamente, volví a ser un civil y seguía aquella espina clavada en mi corazón, esa pasión que llevaba y llevo en la sangre, así que volví a inscribirme en agencias y a cursar nuevamente castings. Claro, chavales de mi edad ya tenían la carrera de arte dramático, y yo empecé a trabajar en figuraciones, en algún que otro anuncio y en cortometrajes con estudiantes de cine, pero eso no me saciaba, quería estar más arriba, quería trabajar de ello, lo deseaba con todas mis fuerzas… Entonces me di cuenta de una cosa: que este mundo parece muy grande pero luego siempre coincidíamos durante el rodaje los mismos técnicos, los mismos maquilladores, el mismo director de foto… y todos nos conocíamos. Y no quería que a mi me conocieran como el figurante, por lo que decidí empezar a formarme. Cursé seminarios en diferentes centros de interpretación, 4 años en Silberstudio haciendo interpretación frente a cámara, workshops con diferentes directores de casting e interpretación en el estudio de Juan Carlos Corazza.

Antes había sido autodidacta, había sido actor de vocación o amateur, y con publicidad había aprendido muchas cosas como las marcas de racord, los tipos de plano… pero lo hacía todo desde lo que yo creía que era actuar, no tenía técnica. Una vez me formé me di cuenta de lo que es actuar, yo creía que un actor mentía y ahora sé que el actor dice la verdad, porque tienes que estar ahí con tus emociones y con lo que está pasando.

Hará cosa de cinco años, dejé las agencias y en busca de un representante conocí al que hoy en día es mi agente, Pedro Hermosilla. Gran profesional al que le debo su confianza. Hasta el momento, he tenido la gran suerte y el regalo de poder trabajar con actores y directores a los que admiro, en repartos de lujo, tanto en cine como en televisión…  Así que, lo tengo claro; seguiré y seguiré hasta que pierda el aliento.

¿Cambió mucho tu carrera cuando encontraste un representante? 

Sí. Yo me fui a Madrid con una mano delante y otra detrás, y fui llamando puerta por puerta hasta que encontré a Pedro Hermosilla y a Antonio, su ayudante, y me acogieron, hubo mucha química y mucha confianza. Tener un representante es como un matrimonio, tiene que haber esa lealtad y saber que estamos remando en la misma dirección. Por eso es tan difícil, porque se fijan en todo y tienen que confiar en que seas una persona que puedan enviarte desde a un evento y que sepas comer en la mesa hasta a un rodaje en el que no te escapes del set para fumar. Tienes que tener una actitud, un saber estar.

¿Alguien te dijo al volver de la marina que ya era tarde para ser actor? 

No, al contrario. Coincidí en un rodaje en el 2006 con un actor, Carlos Olalla, que se pasó toda su vida como directivo de la Caixa y empezó a formarse como actor con 55 años en Nancy Tuñon, cuando un día dijo ”hasta aquí, no soy feliz con lo que hago”. Y es un fuera de serie, le llamaban ‘el abuelo de Nancy’, pero ahora no para de trabajar y es un actorazo. Mucha gente ha empezado tarde, y hay perfiles para todo. A mí me encanta leer biografías de actores, para saber cómo empezaron y de dónde venían.

Es relativo a la forma de ser de uno, porque para ser un buen intérprete tienes que tener herramientas, y dejarte formar. Y si por tu estructura, o tu experiencia, ya estás muy cerrado para poder darte permiso para desestructurar muchas cosas en ti a veces es complicado. Esto lo he visto yo en gente de mayor edad, que les costaba entender que tenían que darse permiso para hacer unas cosas que tu educación no permitía. Si has estado muchos años, por ejemplo, creyendo que los niños no lloran y que no se les da permiso para acceder a la tristeza… lo sufres mucho. Ahí está lo complejo, la dificultad por lo que puede influir la edad.

Eres coach, ¿tienes más trabajos a parte de la interpretación?

Sí, llevo dos años trabajando como Coach en interpretación frente a cámara en ‘Cataloniafilmschool’, un centro de artes cinematográficas y escénicas donde ayudo en la formación de futuros actores y en la que no dejo de aprender cada día y mantengo un vínculo a mi profesión. Cuando acabé mi formación me llamaron para hacer un corto para un final de proyecto de unos chicos, y el director se fijó en mi y me ofreció el puesto. Acepté encantado. Es un regalo porque no dejo de aprender de los chicos, es como volver a repasar todo lo que me habían enseñado antes y, claro, es muy individual porque no a todo el mundo les funcionan las mismas cosas. Es una investigación muy grande, llena de ganas de los chicos y de la frescura que te dan.

Por suerte vivo de esto. Hago rodajes de vez en cuando, ser profesor me da un sueldo mensual y además, trabajo a media jornada en la empresa de mi padre como desarrollador mecánico.

¿Qué consejos das como coach a los miedos a la cámara? 

Cada uno es diferente, hay un poco de todo. Yo he tenido como alumno a Roger Príncep, que es el niño de la película El orfanato (2007)Pajaros de Papel (2010) y Los girasoles ciegos (2008), lleva desde los 7 años haciendo cine, y lo tiene muy claro. ¿Cual es su punto en contra, en el que yo le ayudo en clase? Que aún no tiene esa disciplina, que tiene muchas cosas en la cabeza, que ahora solo piensa en chicas… él ya tiene el talento y la esencia actoral, pero le falta ese tipo de trabajo que es necesario para un rodaje y para hacer un buen papel junto a tus compañeros y con el resto del equipo.

Muchos tienen prejuicios, miedo escénico, miedo al ridículo, o solo persiguen la fama… yo siempre les digo que para ser famoso hay otras vías, que se metan a un reality que es más rápido. Lo que les explico es que lo que les tiene que motivar es el trabajo actoral, el defender personajes, que es importante saber de todo en la vida y saber gestionar las cosas. Hay actores que siempre están en las tablas y trabajando sin parar y no les conoce nadie. También es importante que aprendan idiomas y muchas otras cosas, que se abran mundo, porque no me vale que sean talentosos pero no sean cultos, tienen que leer mucho y que se empapen de muchas cosas, para que también entre otras cosas luego sean humildes, y que sean reales. Siempre les digo que el dinero no cambia a las personas, las delata.

¿Cómo llegaste al casting de la película Tres bodas de más?

A través de mi representante. Tuve mucha suerte. Me enviaron al casting con Juana Martinez, gusté y me dieron el papel de camarero junto a Inma Cuesta, Quim Gutierrez y Paco León. Era mi primera película importante, y firmé mi primer contrato con la productora Apaches con tal reparto… fue un sueño. Y esto me trajo muchas otras cosas, me llamaron de Globomedia, me cogieron para una serie que se llamaba Bienvenidos al Lolita e hice muy buenas relaciones con Tonuncha Vidal y Andrés Cuenca.

Después de eso todo fue seguir ahí, seguir formándome, que te conozcan y que vean que lo tuyo es una carrera de fondo, que no eres pesado pero si insistente porque vas renovando tu material, haciéndote fotos nuevas… sin hacer ruido pero que ellos sepan que estás ahí, que no estés molestando pero sí que estás presente. Eso es lo que ellos quieren, que seas un atleta con carrera de fondo y con esa paciencia. Y si no sale nada a ese nivel, que sigas creciendo y moviéndote haciendo proyectos que a ti te apetezca hacer, por probar nuevos perfiles, para renovar el material y para seguir haciendo contactos.

¿Cómo fue la experiencia de trabajar con actores de esa talla? 

Fue bestial. En la prueba de vestuario, que la hacía Cristina Rodriguez que ahora está en Cámbiame, estaba llorando de la emoción, y eso que era un personaje pequeño pero al llevarlo en la sangre…

Al empezar a rodar me dijeron que me enviaban un chofer a recogerme a casa, y yo les dije que no que me iba en mi coche, que no se preocuparan. Luego entré en la carpa de los actores, y claro estábamos separados de la de figuración, que eran casi 100 personas por la escena de la fiesta, y ahí ya me di cuenta que después de haber hecho tanta publicidad y tanto extra estaba en ‘el otro lado’, con ellos, comiendo y cambiándome con ellos. Pensé todo lo que me había costado dar el paso de un lado a otro, y sentir eso fue mágico.

Estuvimos cuatro días de rodaje, y uno de ellos cayó un diluvio universal y nos quedamos encerrados en la discoteca Atlántida, en Barcelona, donde hacíamos esa escena. Estuve cinco horas con ellos sin poder salir, y Paco León no paraba de contar chistes, de hacernos reír. Inma Cuesta no paraba también de seguirle el rollo… eran muy simpáticos y me hicieron sentir muy a gusto. El que menos hablaba era yo, les miraba, los analizaba, y me ocurrió este momento en el que te das cuenta, después de verles tanto en pantalla, de que son muy humanos, muy cercanos.

Ahora acabo de terminar de rodar una serie con Salvador Calvo, para Telecinco, que se llamará Lo que escondían sus ojos, donde he rodado con Javier Gutierrez, con Ruben Cortada, con Blanca Suarez y muchos más. Y esta experiencia fue mejor incluso, porque me desplacé a Madrid, y estuve en un hotel donde sí que tuve que aceptar que viniera el chofer a buscarme para rodar. Javier Gutierrez, al que idolatro, no paraba de guiñarme el ojo, de estar pendiente a cómo estaba, y Ruben Cortada, aunque era un poco más serio, tampoco dejaba de hacerme señales de complicidad como que te pongan una mano en el hombro. Todas estas cosas se agradecen, porque ves y sientes esa generosidad actoral. Te están arropando y claro, se disfruta mucho más.

¿Crees que hoy en día los casting son la mejor forma de hacer un proceso de selección?

Creo que tanto para el actor y sobre todo para el director es un proceso imprescindible, sí es cierto que el tiempo es oro y que a veces uno no da lo mejor que podría haber dado, en mi opinión el casting es fundamental para que un proyecto funcione, y sí, si hubiese más tiempo en el proceso habría más excelencia y más puntería en los personajes. Por ello uno debe formarse, tener más recursos, herramientas, más propuestas, ser moldeable por quién te acompaña en esa investigación de creación de ese personaje y saber aportar lo tuyo.

¿Qué consejo le das a los jóvenes actores que están empezando su carrera? 

Mi mayor consejo es que se formen, que descubran si es pasión, que luchen por ser mejores personas, más humanos, nuestra profesión es eso… conocerte profundamente como humano, respetarte, valorarte y mucho trabajo. Que no dejen de perseguir su sueño, que desarrollen la imaginación, que lean, que creen, que vean cine, que se esfuercen por tener mayor escucha y mayor capacidad de concentración, que sean humildes y crean en ellos.

 

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